Un hombre de camisa azul revisa una carpeta abierta con hojas en blanco sobre una mesa, mientras detrás de una pared de vidrio dos mujeres y un hombre conversan en una sala de juntas.

octubre 5, 2026

En diciembre de 2010 escribí sobre una charla que acababa de dar en la Panamericana, a estudiantes y egresados de Relaciones Industriales. Buscando cómo explicarles dónde estaba parada nuestra función, me vino una imagen de cuando jugaba basquetbol de joven.

Había un muchacho, el primo de un amigo, que no tenía pericia y le daba terror que le quitaran el balón. Así que hacía lo único que se le ocurría: bajaba la vista y no despegaba los ojos de la pelota. Con la cabeza abajo no veía a nadie. No podía pasarla, no podía encestar, no podía ni quitarse de en medio.

Ni jugaba, ni dejaba jugar.

Aquel texto terminaba pidiéndole a recursos humanos que levantáramos la mirada y diéramos juego.

Hace unas semanas revisé mi archivo de dieciséis años y encontré algo incómodo. Esa frase volvió cinco veces a hablar de recursos humanos: una en 2011 y cuatro en 2020, dos de ellas solo como etiqueta. Y en las cinco, el texto de fondo era de alguien más. Lo mío era la presentación.

Dieciséis años repitiendo una consigna propia sin escribir nunca el argumento completo. Con la cabeza abajo, viendo la pelota.

Qué es tener la cabeza abajo

En 2010 lo formulé como una pérdida de terreno: no habíamos logrado convertirnos en el socio estratégico del que hablaba Ulrich, y mientras tanto andábamos velando por el clima laboral y la justicia interna. Nos llamaban blandos.

Hoy lo diría distinto, y creo que más preciso.

Tener la cabeza abajo no es ocuparse del clima. Es no saber por dónde entra el dinero. Es no poder decir, sin consultar a nadie, cuál es la restricción que hoy está frenando la operación. Es proponer un programa de desarrollo sin poder explicar qué número de la empresa se mueve si ese programa funciona.

Cuando eso pasa, el área no es blanda: es opaca. El director general no la lee como un interlocutor, la lee como un gasto con buenas intenciones. Y entonces se le invita a la junta cuando ya se decidió, que es exactamente la posición del muchacho que no despega los ojos del balón.

Casi nunca es falta de capacidad. Es falta de dirección de la mirada.

A quién le toca mirar

En agosto compartí lo que más me ha cambiado la práctica en dieciséis años de diagnósticos: buena parte de lo que un directivo sabe hacer no se lo está pidiendo nadie, empezando por él mismo.

Lo que no dije entonces, y es lo que toca hoy, es quién tendría que estar viendo eso.

Un director general no va a descubrir por su cuenta que su gerente de operaciones tiene una capacidad de conducción de grupos que nadie le está pidiendo. No tiene el instrumento, no tiene el tiempo, y sobre todo no es su trabajo. Lo mira desde el resultado, y desde el resultado esa capacidad no se ve: solo se ve lo que sí se está usando.

La única función de la empresa que puede verlo, y que además tiene el mandato de verlo, es la nuestra.

Ahí está lo incómodo. Llevamos años pidiendo una silla en la mesa donde se decide, y el argumento con el que se gana esa silla lo tenemos guardado en el cajón. No es el clima, no es la rotación, no es el índice de satisfacción. Es poder decirle a un director general dónde tiene capacidad pagada y parada, y qué haría falta para encenderla.

Eso no se responde con buenas intenciones. Se responde con evidencia, y la evidencia hay que ir a levantarla.

La pregunta que le dejo

Si mañana el director general le pregunta qué está frenando a la empresa, ¿cuál de estas tres le gustaría poder llevarle con evidencia: el clima, la rotación o la capacidad que tiene pagada y parada?

Si es la tercera, la evidencia hay que ir a levantarla.

En 2010 cerré aquel texto pidiendo que levantáramos la mirada y diéramos juego. Dieciséis años después el llamado sigue siendo el mismo, solo que ahora tengo con qué sostenerlo.

Levantar la mirada no es pensar en grande. Es dejar de mirar la pelota el tiempo suficiente para ver dónde están parados los demás.

SEGUNDA MIRADA

Tome la última propuesta que llevó a dirección y quítele todas las palabras de nuestro oficio: clima, compromiso, desarrollo, talento, cultura.

Si sin ellas la propuesta todavía dice algo que a un director general le importe, tiene la mirada arriba. Si se queda muda, ahí está el trabajo.


Cada semana publico en PUNTO CIEGO lo que voy encontrando en mis diagnósticos gerenciales desde 2010. Se suscribe aquí: https://www.linkedin.com/newsletters/punto-ciego-7495254349972115456

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