octubre 12, 2026
Todos conocemos el número. Lo que lo mueve casi nunca lo nombramos.
Probablemente ya lo intentó. Encontró una forma mejor de trabajar, la explicó bien, el equipo estuvo de acuerdo en la junta y durante un par de semanas pareció que funcionaba. Un mes después, casi todos habían vuelto a lo de antes. Usted se quedó con una conclusión que pesa: mi gente no quiere cambiar.
Quiero proponerle otra lectura. Me la enseñó una raqueta.
Durante diecisiete años jugué tenis con la raqueta mal agarrada. Lo descubrí en septiembre de 2026, cuando volví a la cancha después de muchos años sin jugar, esta vez con clases. Aprendí de joven viendo e imitando, y nadie me corrigió porque funcionaba.
Con la mano en su lugar, todo se vuelve más sencillo. Lo sé, lo he sentido en la cancha. Y aun así me cuesta. Cuando me concentro en la empuñadura se me va la bola, y cuando persigo la bola, la mano vuelve sola al agarre de siempre. Saber que la técnica nueva es mejor no la vuelve automática.
Ahí está lo que casi no se dice del cambio. Damos por hecho que la gente se resiste porque lo nuevo es más difícil. Muchas veces lo nuevo es más fácil, y cuesta igual. Lo que pesa es soltar algo que ya daba resultados antes de que lo otro empiece a darlos. Durante ese tramo, la persona rinde menos con lo nuevo que con lo viejo. Si en esas semanas alguien le pide el marcador completo, regresa al agarre de siempre. No por terquedad: es su manera de no perder la bola.
Y el tiempo no lo arregla solo. En 1,985 diagnósticos gerenciales aplicados desde 2010, quienes llevan menos de dos años en su puesto tienen una efectividad gerencial promedio de 2.29, en una escala de cuatro. Quienes llevan diez años o más, 2.28. Si su intento de cambio se quedó a medias, esperar a que la experiencia lo termine no va a funcionar.
Alexander Zverev ganó la final del US Open el 13 de septiembre de 2026 sin saberlo. Había perdido la cuenta del marcador y no oyó ni a la juez de silla. Él mismo recordó el consejo de siempre de los entrenadores: jugar cada punto y olvidarse del marcador. En la cancha funciona. En una empresa no hay manera, porque el mes cierra igual mientras la gente corrige el golpe. Por eso el cambio necesita a alguien que sostenga la cancha durante la transición, y esa tarea casi nunca está en el plan.
Todos conocemos el número. Lo que lo mueve casi nunca lo nombramos, y en un cambio lo que no se nombra es el periodo intermedio.
Antes de volver a intentarlo, ponga tres cosas por escrito y compártalas con su equipo: qué se está corrigiendo exactamente, cuánto tiempo hay para hacerlo y qué resultado se acepta mientras tanto. Si su primer intento no tenía esas tres respuestas, el problema no fue su gente. Lo que faltó fue la cancha.
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