Un warning desde la experiencia, la evidencia y la conciencia.

EL DÍA QUE ENTENDÍ QUE YA NO PODÍAMOS QUEDARNOS CALLADOS

No soy médico. No soy psiquiatra.
Pero sí soy psicólogo, consultor y terapeuta, y llevo años escuchando historias, acompañando procesos, viendo cómo el alma se rompe —y cómo, a veces, se reconstruye—.

En mi trabajo con personas, familias, ejecutivos y organizaciones, he aprendido que las verdaderas heridas no siempre sangran por fuera. Algunas se esconden tras una sonrisa que se apaga poco a poco. Y cuando te dedicas a guiar, formar y sanar desde lo humano, desarrollas un instinto. Una intuición sacral, como suelo llamarla, que te avisa cuándo algo no está bien, incluso antes de que el cuerpo lo grite.

Por eso decidí escribir esto. Porque estoy convencido de que lo que hoy llamamos “vapeo recreativo” no es solo una moda, ni un hábito inofensivo. Es, en muchos casos, una trampa emocional y química que está llevando a jóvenes —muchos sin antecedentes, sin consumo previo, sin señales— a perder el control de su mente. A internarse. A autolesionarse. A romperse por dentro.

Y no lo estamos viendo venir.

Dirijo un programa gratuito que se llama Niñas Transformadoras, donde ofrezco sesiones sin costo a mujeres jóvenes. Ahí fue donde empecé a notar ciertos patrones: ansiedad sin causa, ataques de pánico, desconexión emocional, insomnio crónico… en chicas que apenas superaban los 14 o 15 años. Cuando escarbábamos un poco, casi siempre aparecía el vaper. Como un pequeño dispositivo, casi invisible, que marcaba el antes y el después.

Mi misión, desde Superlativus, siempre ha sido devolverles a las personas la posibilidad de vivir con plenitud, con propósito, con verdad.
Y hoy sé que, para cumplir esa misión, no basta con trabajar desde mi trinchera. También tengo que alzar la voz. Este documento no es una investigación fría. Es una advertencia cálida. Es un abrazo con firmeza.
Y, sobre todo, es un grito —por todos aquellos que ya no pueden hablar por sí mismos.

LO QUE DESCUBRÍ EN MI BÚSQUEDA.

Durante años —pero sobre todo después de la pandemia— he acompañado procesos de coaching, mentoring y terapéuticos, muchos de ellos marcados por ansiedad, crisis de identidad, insomnio, autolesión, paranoia leve o depresión resistente.

Y muchas veces, en medio de esas sesiones, intuí que había algo más.
Algo que no era trauma puro.
Algo que no era solo contexto, ni duelo, ni dinámica familiar.
Había algo silencioso, que se estaba metiendo donde no debía.

Con el tiempo, y especialmente en los últimos dos años, esa sospecha fue tomando forma. El denominador común era pequeño, portátil, aromático y socialmente aceptado: el vaper. Lo que parecía solo un hábito moderno resultó ser, para muchos jóvenes, la puerta de entrada a un desequilibrio mental severo. Y lo confirmé cuando empecé a revisar la literatura científica más reciente.

Lo que yo intuía por mi práctica profesional… y ahora sé.

YA NO ES INTUICIÓN. AHORA ES EVIDENCIA.

UNIVERSIDAD de California en San Diego (2022):
Exposición a vapores con saborizantes como menta y mango provocó en ratones ansiedad, neuroinflamación y conductas adictivas —incluso sin nicotina. También se observaron daños en el colon y el sistema inmunológico cardíaco.

COFEPRIS México (2025):
80% de los líquidos analizados contenían benceno, un cancerígeno que afecta el sistema nervioso. 45% contenía tolueno, neurotóxico severo. Además, se detectaron más de 30 sustancias no declaradas en productos que decían ser “seguros”.

BMJ (Reino Unido, 2022):
Casos clínicos de depresión mayor resistente y disociación en estudiantes universitarios por exposición a vapeadores con solventes psicoactivos adulterados. El daño fue directo sobre el sistema límbico y el córtex prefrontal.

FDA / CDC (EE.UU.):
Reportaron brotes de psicosis aguda en adolescentes, ligados a dispositivos de vapeo adulterados con cannabinoides sintéticos como K2/Spice. En varios casos, los jóvenes no sabían lo que estaban inhalando.

Lo más alarmante no es solo lo que estas sustancias provocan…
Es lo rápido que pueden hacerlo, lo invisible que es su acción, y lo normalizado que está su consumo.

Porque estos dispositivos:

  • No suenan como una droga.
  • No huelen como una droga.
  • Y no despiertan la alarma que despierta una droga.

Y, sin embargo, están alterando neurotransmisores, destruyendo receptores cerebrales, distorsionando la percepción de la realidad, y llevando a personas sin antecedentes a episodios tan graves que terminan en salas de urgencias psiquiátricas. Hoy ya no es intuición.
Hoy sé —con certeza profesional y dolor humano— que el vapeo no está causando solo adicción, sino que está sembrando trastornos mentales en cerebros que aún están formando su identidad.

Tres historias que no olvido.

ANA: EL VAPOR SE LLEVÓ SU SONRISA

Febrero de 2024.
Eran las 6:40 de la mañana cuando Ana se ató el cabello en una trenza firme, se ajustó los tenis y se colgó la mochila. Iba tarde, pero corría ligera. Había entrenamiento antes de clases y no podía fallar: el regional de atletismo estaba cerca, y ella era la carta fuerte del equipo.

Tenía 17 años, becada por alto rendimiento, sin una sola materia reprobada, sin historial médico fuera de lo común. Su vida era de rutina disciplinada, sudor, horarios y metas. No fumaba. No tomaba. No se metía en problemas.

Fue en el vestidor donde todo empezó.
Primero como broma: “No pica, es sabor mango”. Luego como escape. Un shot antes del examen, otro después del entrenamiento. Un vaper prestado, compartido, comprado por internet. Sabor tropical, sin nicotina. O eso decía.

En menos de tres semanas, algo cambió. Pequeño. Silencioso.

Marzo.
Ana dejó de entregar tareas. Llegaba con ojeras, respondía cortante, se quejaba de que todo le parecía lento, inútil. Su entrenador la notó errática. Se salía a “tomar aire” en los descansos. Se reía sola. Se enojaba sin razón.

Después vino el insomnio, los días encerrada en el cuarto.
Luego los llantos sin explicación.
Y después, los cortes.

Primero escondidos, pequeños, en las piernas. Luego en los brazos, bajo mangas largas.
Hasta que un día, frente al espejo, como si ya no le importara lo que quedara de ella, se hizo una herida en el rostro.
No era rebeldía. No era drama adolescente.
Era desesperación química, era una mente colapsando desde adentro.
Una señal de auxilio tallada en la piel.

Abril.
El brote llegó una madrugada: gritaba cosas que no estaban pasando, hablaba con alguien que no estaba allí. No reconocía su reflejo. Rompió un espejo. Se encerró. La llevaron de urgencia.

El diagnóstico fue claro y brutal:
Trastorno afectivo inducido por sustancias psicoactivas no identificadas.
El detonador: el vapeador.

El análisis reveló rastros de compuestos disociativos y cannabinoides de diseño, no declarados en la etiqueta.

Hoy Ana está viva, pero diferente.
Abandonó los entrenamientos. Perdió la beca.
Recibe medicación, va a terapia tres veces por semana, y en su habitación hay más silencio que música.

EL CHICO QUÉ ESCUCHABA VOCES

Ohio, septiembre de 2023.
Tenía 16 años, jugaba fútbol americano, sacaba buenas calificaciones y vivía con sus abuelos. No tenía antecedentes de salud mental. Nunca había probado drogas. Un compañero le ofreció un vaper con sabor durazno y “cero nicotina”.

El primer shot le dio risa.
El segundo, curiosidad.
El tercero ya lo pedía su cuerpo.

Dos semanas después, empezó a romperse.
No dormía. No podía concentrarse.
Creía que alguien lo espiaba desde la ventana. Escuchaba voces que lo insultaban.
Una noche, se lanzó contra una puerta de vidrio, se cortó el rostro y los brazos.

Fue internado con diagnóstico de psicosis aguda inducida por cannabinoides sintéticos.
El cartucho contenía Spice —una droga artificial altamente disociativa.

Perdió la escuela. Perdió la confianza en sí mismo.
Y sus abuelos dicen que lo más duro es que ya no confía en su propia mente.

CUANDO DEJÓ DE RECONOCERSE

Manchester, Reino Unido. Octubre de 2022.
Una joven de 20 años, estudiante de psicología, comenzó a vapear una “mezcla herbal sin nicotina” para lidiar con el insomnio.

En pocas semanas, dejó de ir a clases.
Se disociaba. Decía que su cara en el espejo no era suya.
Una mañana salió descalza rumbo al campus. No sabía su nombre.

Fue hospitalizada con diagnóstico de trastorno depresivo mayor con episodios disociativos.
El vaper contenía compuestos similares al DXM y ketamina. Perdió el semestre. Aún sigue en tratamiento.
Y a veces, dicen sus padres, le cuesta recordar que es real.

¿Y AHORA QUÉ HACEMOS?

No basta con saberlo.
No basta con escandalizarnos.
Tampoco basta con mandar memes, cadenas o frases como “que lo vean sus papás”.

Esto no se arregla con likes. Se previene con acción.

Porque lo que tenemos frente a nosotros no es una tendencia juvenil.
Es una emergencia emocional.
Y el silencio ya no es una opción.

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